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Nunca tome venganza

¿Por qué nos cuesta tanto perdonar? Quizás porque nos parece injusto. La justicia exige que haya un pago o castigo por las malas acciones. No obstante, no somos nosotros quienes tenemos la autoridad para ejercer el castigo. Hacerlo equivale a usurpar el papel de Dios, lo cual es tan pecaminoso como lo que otros nos hicieron.

 

Esta actitud pecaminosa es evidente en los corazones de muchos, por desgracia, incluso los cristianos. Por tanto, descubramos la oscura verdad detrás de esto. Esta destructiva falta de perdón…

 

• Demuestra una falta de voluntad para extender a otros el perdón que el Señor nos ha otorgado (Ef 4.32).
• Planta una raíz de amargura en nuestro corazón, que nos envenena, causa problemas y contamina a los demás (He 12.15).
• Estorba el proceso de santificación de Dios en nuestra vida, porque afligimos al Espíritu Santo al aferrarnos a la ira, el resentimiento o la venganza (Ef 4.30, 31).

 

En vez de exigir justicia, Pablo nos anima a bendecir y hacer el bien a quienes nos persigan. Nunca podemos vencer el mal con actitudes y acciones pecaminosas, sino solo con el bien. Por ahora, debemos confiar en Dios y dejar la venganza en sus manos.

 

 

 

Fuente: Encontacto.org

El poder destructivo de la falta de perdón

¿Cómo reacciona cuando alguien le hiere? Tal vez se enoja y quiere tomar represalias. O tal vez su expresión externa no cambie, pero en su interior comienza a murmurar con amargura. Aunque estas reacciones nos parecen comprensibles y del todo naturales, no es como Dios nos dice que reaccionemos.

 

El resentimiento es espiritualmente destructivo, porque va en contra de la voluntad de Dios y afecta nuestras emociones, pensamientos, oraciones y relaciones. La Biblia es clara en cuanto a que debemos perdonar a cualquiera que nos cause algún daño, ya que nosotros mismos hemos sido perdonados por una deuda de pecado mucho mayor por parte de Dios. La gracia que Él derrama sobre cada uno de nosotros debería ser nuestra motivación para extender gracia a los demás. Si hemos recibido su amoroso perdón, entonces debemos hacer lo mismo con los demás, incluso cuando nos parezca injusto.

 

El perdón implica un cambio total de actitud y de acción, por medio del cual renunciamos al resentimiento hacia alguien y al deseo de venganza. Con nuestras propias fuerzas, esto es imposible. Pero si, en vez de estar pensando una y otra vez en nuestras heridas le pedimos al Señor que nos cambie y nos llene de su Espíritu, Él dará inicio al proceso de transformar nuestro corazón.

 

 

Fuente: Encontacto.org

Dios tiene el control de nuestra salvación

La soberanía de Dios se extiende sobre todas las cosas. Él es Omnisciente (lo sabe todo), por lo que nada está oculto a su vista. Y dado que Él es Omnipotente (Todopoderoso), ningún plan suyo puede ser frustrado. Todo en los reinos natural y espiritual, incluida nuestra salvación, está bajo su control absoluto.

 

Como el pecado ha oscurecido las mentes y endurecido los corazones, el hombre está excluido de la vida de Dios (Ef 4.17, 18). Por lo tanto, no podemos tomar el crédito por nuestra salvación. Esta comenzó en el corazón y la mente del Creador, quien nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo (Ef 1.4). Fue el Padre celestial quien abrió nuestras mentes para comprender la verdad del evangelio, nos convenció de nuestro pecado, y nos dio la fe para creer en Cristo como Salvador. De principio a fin, toda la salvación es un regalo de Dios a nosotros.

 

¿Por qué extendió Él su mano para salvarnos? Varias frases repetidas en el pasaje de hoy dan el motivo. Fue “según el puro afecto de su voluntad” y “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1.5, 6). Somos los beneficiarios de la bondad y la salvación de Dios, por lo cual el centro de atención es su gloriosa misericordia, no nosotros.

 

Fuente: Encontacto.org

El propósito de Dios

¿Cuál es el propósito de la vida? A lo largo de la historia de la humanidad, la gente ha estado tratando de responder esa pregunta. Se han escrito libros sobre el tema, y los filósofos han postulado muchas respuestas. Pero, para los cristianos, el propósito de Dios está resumido de manera concisa en el pasaje de hoy.

 

Los creyentes son llamados de acuerdo con el propósito de Dios, y son conocidos desde antes por Él. La presciencia del Señor es mucho más que su capacidad para ver los hechos futuros con antelación. También incluye llevar a cabo lo que ha decidido hacer en favor de los que ha llamado. Los ha predestinado para ser conformados a la imagen de su Hijo (Ro 8.29). Esto se logrará por completo en la resurrección, pero hasta entonces, Dios está transformando cada vez más a sus hijos en este momento. Estos son los que Él llama, justifica (declara justos) y, finalmente, glorifica.

 

Si usted es creyente, este es el propósito de Dios para usted. Eso significa que todo lo que Él permite en su vida está planeado para convertirle en un glorioso reflejo de Cristo. Aunque no pueda comprender del todo cómo produce Dios la salvación, y cómo son responsables los cristianos de creer con fe, podemos estar seguros de que Aquel que comenzó esta buena obra en nosotros será fiel hasta perfeccionarla (Fil 1.6).

 

Fuente: Encontacto.org

Hechos a la imagen de Dios

Al principio, Dios creó a Adán y a Eva a su imagen. Pero esa semejanza se vio pronto empañada por el pecado, y el efecto dominó continúa en la humanidad hasta nuestros días. No obstante, el Señor fue misericordioso y no nos eliminó; en vez de eso, puso en marcha un plan redentor para salvar a cualquiera que esté dispuesto a arrepentirse.

 

Algún día, todos los que hayan puesto su fe en Jesucristo para salvación serán restaurados por completo a la imagen de Dios. Mientras tanto, el Padre celestial está moldeando a los creyentes a la semejanza de su Hijo. Es un proceso que continuará hasta que recibamos nuestro nuevo cuerpo eterno y, como un espejo perfecto, refleje una verdadera imagen de nuestro Señor. Pero mientras permanezcamos en este mundo, estamos llamados a proclamar el nombre de Cristo a quienes se encuentren en nuestra esfera de influencia.

 

Como cualquier padre, Dios-Padre se complace en ver a sus hijos madurar para que se parezcan más a Cristo, y en ese sentido Él trabaja todo el tiempo en nosotros. Ser cada vez más como Él también debe ser nuestro objetivo, porque nada puede compararse con el gozo que tendremos cuando, al final, estemos ante el Señor en el cielo, restaurados por completo a su semejanza.

 

 

Fuente: Encontacto.org

Para derrotar el desaliento

No importa cuál sea nuestra situación en la vida, todos enfrentamos desilusiones, lo cual puede conducir al desaliento. La desilusión es solo una respuesta emocional a una expectativa o esperanza fallida, ya sea porque los planes salieron mal o porque alguien no dio la talla. Pero el desánimo es un estado mental en el que nos volvemos débiles y perdemos la confianza en Dios, en nosotros mismos o en los demás.

 

Cuando Nehemías llegó a Jerusalén, sus habitantes estaban desanimados: la muralla de la ciudad había sido destruida, dejándolos vulnerables, y había obstáculos importantes para la reconstrucción. Pero los alentó a comenzar, diciéndoles que el Señor le había mostrado favor moviendo el corazón del rey persa para aprobar el proyecto. La confianza de Nehemías en Dios reemplazó la desesperación y el letargo de la gente con la esperanza del éxito, y los motivó para trabajar con diligencia.

 

Tenemos una opción: conformarnos con la desilusión y aceptar nuestro desaliento; o, como Nehemías, enfocarnos en el Señor, quien es más grande que cualquier problema. Aunque pueden persistir los obstáculos y las desilusiones, la Palabra de Dios cambia nuestra esperanza en cuanto a sus promesas, buenos propósitos, fidelidad y suficiencia (Ro 15.4). Con su poder, somos capaces de perseverar.

 

 

Fuente: Encontacto.org

La responsabilidad de la libertad

Nuestros derechos están entre los asuntos más difíciles a los que podemos renunciar, ya que se siente como algo injusto. Después de todo, son una afirmación de que tenemos derecho moral o legal a algo o a actuar de cierta manera. Sin embargo, para servir a Cristo el apóstol Pablo decidió no insistir en ciertos derechos y privilegios.

 

La libertad según Dios conlleva responsabilidad y, por lo tanto, no debe ser un medio egoísta de hacer que los demás nos traten como deseamos. Como dice 1 Pedro 2.16, nuestra libertad no es un pretexto para hacer lo malo, sino que debemos usarla “como siervos de Dios”. Cristo nos dio libertad del poder del pecado para que pudiéramos obedecer al Padre celestial, y parte de la obediencia es servirnos unos a otros con abnegación. El Padre celestial también quiere que sus seguidores compartan las buenas nuevas de salvación y perdón de pecados mediante la fe en el Señor Jesucristo.

 

Si creemos que Cristo nos hizo libres solo para que vivamos para nosotros mismos, entonces no hemos entendido la verdad y estamos abusando de la libertad que tenemos. Pablo comparó la vida cristiana con una competencia en los juegos olímpicos. En el sistema mundial, una persona gana exigiendo sus derechos; pero en la carrera de Dios somos victoriosos cuando nos disciplinamos para obedecerlo y cumplir su voluntad.

 

Fuente: Encontacto.org

Dios es capaz

El Señor Jesús sabía lo que era vivir con recursos limitados, ser cuestionado por sus acciones (Mr 3.21) y experimentar el rechazo de aquellos a quienes buscaba servir (Jn 6.66). Pero a pesar de tal oposición, Él no dejó que las circunstancias afectaran su confianza en el Padre.

 

Estamos llamados a seguir el ejemplo del Señor con la convicción de que Dios hará lo que ha prometido. Por ejemplo, Hebreos 7.25 asegura la salvación para quien pide perdón en el nombre Cristo, porque su muerte en la cruz satisfizo las demandas de la justicia divina por todos nuestros pecados. El Padre celestial perdonará a todos los que tengan fe en su Hijo, y hará de cada persona una nueva criatura (2 Co 5.17). No importa lo que haya hecho, el Señor invita a esa persona a acercarse con fe y recibir el regalo de la vida eterna.

 

Dios también promete fortalecer a los que confían en Él (Ro 16.25). A través de su Espíritu y la Santa Palabra, comenzamos a ver las cosas como lo hace nuestro Padre, lo que nos ayuda a comprender lo que le agrada.

 

Cuando creemos en que el Señor cumplirá sus promesas, nuestra fe se fortalece y gozamos de paz. Las dificultades que alguna vez nos habrían desviado del camino pierden su poder. La esperanza sustituye al desánimo y la confianza vence a la duda.

 

 

Fuente: Encontacto.org

Hacer la obra de Dios a la manera de Dios

En el 538 a. C. los israelitas volvieron a Jerusalén para reconstruir el templo. Pero se encontraron con muchos adversarios que trataron de impedirles el éxito (Esd 4.1-5). El desánimo se apoderó de ellos, y al final se vieron obligados a dejar de trabajar. Dios le dijo a su líder, Zorobabel, cómo proceder: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zac 4.6). Seríamos sabios al seguir ese consejo.

 

Al igual que los israelitas, podemos estar bajo presión e inseguros de cómo seguir adelante. Cuando nos encontramos con obstáculos, nuestra tendencia es encontrar la solución por nosotros mismos, pero dicha actitud no es correcta. Si bien ser independiente puede ser común y admirado en el presente, así no es como la Biblia dice que vivamos. Por el contrario, debemos caracterizarnos por nuestra dependencia del Espíritu Santo: dejar que Él dirija nuestras acciones resultará en hacer la obra de Dios a su manera. Nuestra vida no estará libre de problemas, pero seremos victoriosos con la ayuda del Señor.

 

Cuando dependemos del Espíritu Santo se hace evidente que sin Dios, fracasaríamos, y nuestros compañeros constantes serían la preocupación y la angustia. Pero con Él, recibimos la verdadera sabiduría y el poder divino. Entonces, la paz y el gozo nos acompañan, aun en medio de las dificultades (Ga 5.22, 23).

 

 

Fuente: Encontacto.org

Nuestra reacción en tiempos difíciles

Los tiempos difíciles sirven para revelar nuestra verdadera identidad. Si dos personas se enfrentaran al mismo dilema, una podría acercarse a Dios, mientras que la otra dudaría de la fidelidad del Señor. La manera en que reaccionamos ante las pruebas es muy importante.

 

Nos guste o no, las dificultades son parte de la vida. Convertirse en cristiano no cambia ese hecho (Jn 16.33). Lo que cambia es nuestra comprensión de la soberanía de Dios: nada toca nuestra vida a menos que Él lo permita. Pensemos en David, por ejemplo: Dios permitió que un rey asesino persiguiera a David durante años (1 S 23.15, 25); sin embargo, él reaccionó ante la adversidad con fe y llamó a Dios su fortaleza y su refugio (Sal 59.16).

 

Si lo permitimos, las dificultades pueden hacer crecer nuestra fe, cambiar nuestra perspectiva o hacer más profunda nuestra compasión. Pero pase lo que pase, el Señor está al alcance para ayudarnos en nuestra aflicción (Sal 46.1). Podemos acudir a Él en busca de consuelo, guía y apoyo, o enojarnos y resentirnos por no haber sido librados de nuestro problema.

 

Cuando la aflicción nos roba toda esperanza, solo nos queda depender del Señor. Mientras algunas personas son destruidas por situaciones así, otras se convierten en creyentes firmes que no se desaniman.

 

 

Fuente: Encontacto.org