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La huella indeleble de nuestro caminar

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.
Juan 14:6 

 

Caminar, de eso se trata nuestra relación con Dios, caminar en medio de un mundo oscuro y plagado de espinos, donde la única luz que nos guía se mantiene encendida por la fe en la Palabra de Dios. Ella se hizo carne y se constituyó en el camino por donde se puede transitar seguro en medio de las dificultades del mundo.

 

Mientras nos adentramos por este camino, se nos puede ver con los ojos naturales caminar en el mundo, pero acercándonos a Dios por la única senda que se puede llegar a Él, Jesucristo Su unigénito Hijo.
Jesús es el camino, gr. jodós (ὁδός) palabra primaria camino que implica progreso y figurativamente modo o medio. No es un camino de mera filosofía o religiosidad, Jesucristo es el camino porque Él es la Verdad acerca de Dios y de la verdadera Vida divina. Como tal, Él nos revela la verdad y nos da vida imperecedera. 

 

De modo que, quien transita por el Camino (una genuina relación con Cristo), se adentra en una caminata que prospera día a día en conocimiento de la verdad y la experiencia de la vida divina en la cotidianidad de la existencia personal. Es decir, la vida de Cristo manifestada en el creyente.

 

Así como Abraham, quien tuvo que iniciar una larga caminata para conocer y relacionarse con el Dios viviente para cumplir Sus propósitos (Génesis 12), es necesario cruzar el umbral de la puerta, Jesucristo (Mateo 7:13-14; Juan 10:9), para iniciar el camino de la fe que nos lleva a cumplir Sus eternos propósitos en la consumación de los tiempos, donde la salvación de la humanidad se completará cuando la huella de Cristo halla sido marcada en las conciencias de los salvos por la fe en Su eterno y Bendito Nombre que es nombre sobre todo nombre, y único nombre en el que se halla esta misma.

 

 

Y esta huella sólo la deja el caminar de la iglesia del Señor en medio del mundo, pues esta es la forma como Cristo sigue ampliado la senda de la salvación hasta completar el número de los redimidos para los cuales está reservada la corona incorruptible de gloria en el reino de los cielos (1 Pedro 5:4). El conocimiento supremo, la sabiduría eterna, que Dios ha reservado para quienes le aman y perseveran en el camino hacia Su eterna presencia (1 Corintios 2:9).

 

De modo, amado, que usted y yo somos llamados a caminar en la fe para dejar una huella que puedan seguir las generaciones venideras para tener un encuentro íntimo y personal con Dios en Jesucristo. Esto implica un modo para hacerlo. La manera como transitamos en medio de este mundo, mientras nos adentramos por el Camino hacia la presencia de Dios, determinará las huellas para quienes vienen después de nosotros y las sigan en la seguridad de la verdad de una vida consagrada al testimonio de Cristo.

 

Esto es lo que el Señor hizo con el pueblo de Israel. Moisés caminó con Dios delante del pueblo, y el pueblo seguía sus huellas. Su relación con el Señor marcó huellas indelebles por todas las generaciones que han permitido mantener la fe y la esperanza en la promesa para el pueblo judío.

 

“Jehová dijo a Moisés: Sube a este monte Abarim, y verás la tierra que he dado a los hijos de Israel. Entonces respondió Moisés a Jehová, diciendo: Ponga Jehová, Dios de los espíritus de toda carne, un varón sobre la congregación, que salga delante de ellos y que entre delante de ellos, que los saque y los introduzca, para que la congregación de Jehová no sea como ovejas sin pastor”. (Números 27:12 -15).

 

En una oportunidad preguntaron a un Rabino judío llamado David Golinkin si -de acuerdo a la Halajá* (ver nota al final)- se le podía anunciar el crudo pronóstico a un enfermo terminal o si acaso es preferible ocultárselo. Uno de los argumentos del Rabino para responder afirmativamente, fue que aquel enfermo sólo podrá tomar decisiones trascendentes si conoce la verdad.

 

Moisés aquí estaba en una situación similar. Tiene el extraño y dudoso «privilegio» de saber que va a morir y con resignación se dispone a tomar una última decisión: quiere un sucesor. Está dispuesto a que su vida quede trunca, pero no a que quede trunca su misión.

 

¿A qué se parecía Moisés? A un fiel pastor al que le dijo el dueño de su ganado: “Apártate de mi ganado”. Dijo: “No me apartaré hasta que me digas quién va a ser el que me vas a nombrar después de mí”.

 

Si bien nunca podremos saber lo que ocurrirá en el mundo venidero después de nuestra partida, hay ciertas decisiones en la vida que hacen que sigamos viviendo aun después de nuestro final. De la misma manera que uno puede ir al banco y abrir una caja de ahorro en la cual acumular bienes materiales, debiéramos esmerarnos para dar forma a nuestro legado ético-espiritual.

 

Moisés quiere que se lo recuerde por lo que fue y sabe que su existencia tendrá continuidad en la existencia de su sucesor que no será otro que Josué hijo de Nun.

 

¿Acaso las generaciones futuras podrán recordarnos por algo? ¿Trascenderemos nuestra propia muerte? Más allá de los intereses particulares y la vanagloria están los planes y los propósitos del Eterno, aún así seremos recordados por la huella que deja nuestro caminar por esta tierra.

 

Es una realidad que los científicos del presente han llegado a la conclusión que así como los hijos heredan características físicas de los padres e incluso enfermedades, también se heredan rasgos de la personalidad, las tendencias emocionales y actitudes que permanecen por generaciones en las familias.

 

De modo que en la dimensión espiritual tú puedes dejar un legado, no sólo para tu descendencia sino para toda una humanidad que se ve impactada por tus acciones del presente. Encuentro algo tremendo en el libro de Apocalipsis: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen”. (Apocalipsis 14:13).

 

¿Se da cuenta? Sus obras no terminan con la muerte, sus obras siguen con usted más allá…lo que hace hoy está impactando directamente la escena celestial. Y no sólo su lugar en el cielo, sino también el lugar a donde irán los que vienen detrás de usted.

 

Hoy podemos decir que somos cristianos porque hubo hombres y mujeres comprometidos con la comisión de Jesucristo de dejar una huella indeleble para las generaciones futuras. Aquellos mártires que vivieron perseguidos y sumidos en la pobreza, y pelearon la buena batalla de la fe dejaron una huella indeleble en la historia, escrita con su propia sangre la cual hoy seguimos en la esperanza del advenimiento de aquel que prometió.

 

Si no logramos transmitir nuestros sueños, nuestras enseñanzas, nuestros desvelos a alguien que venga detrás de nosotros, nuestra vida habrá de perder gran parte de su sentido.

 

La trascendencia nos desvela, bien nos puede quitar el sueño. ¿Tú quieres vivir o tan sólo sobrevivir? Así como un niño travieso al ver el cemento fresco en la acera se ve tentado a dejar allí su huella marcada, Moisés quiso dejar su huella en Josué para reconocerse a través suyo: “Y puso sobre él sus manos, y le dio el cargo, como Jehová había mandado por mano de Moisés”. (Números 27:23) 
Ya podía morir en paz.

 

Que el Eterno le Bendiga y le lleve a dejar una huella indeleble para las generaciones futuras en Jesucristo Señor nuestro. Amén

 

Fuente: Conciencia Cristiana

No escojas el camino; déjalo escoger a Él

Dios conoce todas las cosas; para Él nada sucede por casualidad porque de antemano las conoció. Esto debe hacernos sentir seguros y confiados porque Él ya conoce nuestro destino y sabe nuestro final.

 

A veces nos desesperamos cuando vemos que estamos alejándonos y tomando otro camino muy diferente al propuesto. De inmediato comenzamos a ver al enemigo en todo. Esto no siempre es verdad; es Dios quien nos lleva, porque cuando Le entregamos nuestra vida Le damos el control absoluto y la responsabilidad de hacer lo que se necesita.

 

Es necesario que confiemos y descansemos, porque todo lo que Él hace es bueno. José fue encarcelado; en la cárcel le reveló el sueño al copero y al panadero del rey. Cuando el copero salió de la cárcel se olvidó de ayudar a José, quien pasó dos años más preso. Pero al cabo de este tiempo el rey tuvo un sueño, el copero se acordó de José y se lo dijo al rey, el cual lo hizo salir de la cárcel y lo llevó al palacio. Ahí lo estableció como el segundo después de él.

 

Nadie sabía que su final era ser el segundo de Egipto. El camino a tomar y el tiempo en que sucedería solamente Dios los conocía. Era necesario que pasara todo esto y permaneciera más tiempo en la cárcel para llegar a ser lo que estaba predestinado ¿Fue Dios injusto? No, porque era necesario que esto aconteciera para que Faraón lo llamara; no para ir de visita sino para vivir y gobernar desde ahí.

 

No nos preocupemos por lo que está pasando; porque Él está preparando nuestra entrada triunfal al palacio para poseer todas Sus riquezas. No escojas el camino; déjalo escoger a Él.

 

Por la pastora Montserrat BogaertIglesia Monte de Dios