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Para derrotar el desaliento

No importa cuál sea nuestra situación en la vida, todos enfrentamos desilusiones, lo cual puede conducir al desaliento. La desilusión es solo una respuesta emocional a una expectativa o esperanza fallida, ya sea porque los planes salieron mal o porque alguien no dio la talla. Pero el desánimo es un estado mental en el que nos volvemos débiles y perdemos la confianza en Dios, en nosotros mismos o en los demás.

 

Cuando Nehemías llegó a Jerusalén, sus habitantes estaban desanimados: la muralla de la ciudad había sido destruida, dejándolos vulnerables, y había obstáculos importantes para la reconstrucción. Pero los alentó a comenzar, diciéndoles que el Señor le había mostrado favor moviendo el corazón del rey persa para aprobar el proyecto. La confianza de Nehemías en Dios reemplazó la desesperación y el letargo de la gente con la esperanza del éxito, y los motivó para trabajar con diligencia.

 

Tenemos una opción: conformarnos con la desilusión y aceptar nuestro desaliento; o, como Nehemías, enfocarnos en el Señor, quien es más grande que cualquier problema. Aunque pueden persistir los obstáculos y las desilusiones, la Palabra de Dios cambia nuestra esperanza en cuanto a sus promesas, buenos propósitos, fidelidad y suficiencia (Ro 15.4). Con su poder, somos capaces de perseverar.

 

 

Fuente: Encontacto.org

La responsabilidad de la libertad

Nuestros derechos están entre los asuntos más difíciles a los que podemos renunciar, ya que se siente como algo injusto. Después de todo, son una afirmación de que tenemos derecho moral o legal a algo o a actuar de cierta manera. Sin embargo, para servir a Cristo el apóstol Pablo decidió no insistir en ciertos derechos y privilegios.

 

La libertad según Dios conlleva responsabilidad y, por lo tanto, no debe ser un medio egoísta de hacer que los demás nos traten como deseamos. Como dice 1 Pedro 2.16, nuestra libertad no es un pretexto para hacer lo malo, sino que debemos usarla “como siervos de Dios”. Cristo nos dio libertad del poder del pecado para que pudiéramos obedecer al Padre celestial, y parte de la obediencia es servirnos unos a otros con abnegación. El Padre celestial también quiere que sus seguidores compartan las buenas nuevas de salvación y perdón de pecados mediante la fe en el Señor Jesucristo.

 

Si creemos que Cristo nos hizo libres solo para que vivamos para nosotros mismos, entonces no hemos entendido la verdad y estamos abusando de la libertad que tenemos. Pablo comparó la vida cristiana con una competencia en los juegos olímpicos. En el sistema mundial, una persona gana exigiendo sus derechos; pero en la carrera de Dios somos victoriosos cuando nos disciplinamos para obedecerlo y cumplir su voluntad.

 

Fuente: Encontacto.org

Dios es capaz

El Señor Jesús sabía lo que era vivir con recursos limitados, ser cuestionado por sus acciones (Mr 3.21) y experimentar el rechazo de aquellos a quienes buscaba servir (Jn 6.66). Pero a pesar de tal oposición, Él no dejó que las circunstancias afectaran su confianza en el Padre.

 

Estamos llamados a seguir el ejemplo del Señor con la convicción de que Dios hará lo que ha prometido. Por ejemplo, Hebreos 7.25 asegura la salvación para quien pide perdón en el nombre Cristo, porque su muerte en la cruz satisfizo las demandas de la justicia divina por todos nuestros pecados. El Padre celestial perdonará a todos los que tengan fe en su Hijo, y hará de cada persona una nueva criatura (2 Co 5.17). No importa lo que haya hecho, el Señor invita a esa persona a acercarse con fe y recibir el regalo de la vida eterna.

 

Dios también promete fortalecer a los que confían en Él (Ro 16.25). A través de su Espíritu y la Santa Palabra, comenzamos a ver las cosas como lo hace nuestro Padre, lo que nos ayuda a comprender lo que le agrada.

 

Cuando creemos en que el Señor cumplirá sus promesas, nuestra fe se fortalece y gozamos de paz. Las dificultades que alguna vez nos habrían desviado del camino pierden su poder. La esperanza sustituye al desánimo y la confianza vence a la duda.

 

 

Fuente: Encontacto.org

Hacer la obra de Dios a la manera de Dios

En el 538 a. C. los israelitas volvieron a Jerusalén para reconstruir el templo. Pero se encontraron con muchos adversarios que trataron de impedirles el éxito (Esd 4.1-5). El desánimo se apoderó de ellos, y al final se vieron obligados a dejar de trabajar. Dios le dijo a su líder, Zorobabel, cómo proceder: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu” (Zac 4.6). Seríamos sabios al seguir ese consejo.

 

Al igual que los israelitas, podemos estar bajo presión e inseguros de cómo seguir adelante. Cuando nos encontramos con obstáculos, nuestra tendencia es encontrar la solución por nosotros mismos, pero dicha actitud no es correcta. Si bien ser independiente puede ser común y admirado en el presente, así no es como la Biblia dice que vivamos. Por el contrario, debemos caracterizarnos por nuestra dependencia del Espíritu Santo: dejar que Él dirija nuestras acciones resultará en hacer la obra de Dios a su manera. Nuestra vida no estará libre de problemas, pero seremos victoriosos con la ayuda del Señor.

 

Cuando dependemos del Espíritu Santo se hace evidente que sin Dios, fracasaríamos, y nuestros compañeros constantes serían la preocupación y la angustia. Pero con Él, recibimos la verdadera sabiduría y el poder divino. Entonces, la paz y el gozo nos acompañan, aun en medio de las dificultades (Ga 5.22, 23).

 

 

Fuente: Encontacto.org

Nuestra reacción en tiempos difíciles

Los tiempos difíciles sirven para revelar nuestra verdadera identidad. Si dos personas se enfrentaran al mismo dilema, una podría acercarse a Dios, mientras que la otra dudaría de la fidelidad del Señor. La manera en que reaccionamos ante las pruebas es muy importante.

 

Nos guste o no, las dificultades son parte de la vida. Convertirse en cristiano no cambia ese hecho (Jn 16.33). Lo que cambia es nuestra comprensión de la soberanía de Dios: nada toca nuestra vida a menos que Él lo permita. Pensemos en David, por ejemplo: Dios permitió que un rey asesino persiguiera a David durante años (1 S 23.15, 25); sin embargo, él reaccionó ante la adversidad con fe y llamó a Dios su fortaleza y su refugio (Sal 59.16).

 

Si lo permitimos, las dificultades pueden hacer crecer nuestra fe, cambiar nuestra perspectiva o hacer más profunda nuestra compasión. Pero pase lo que pase, el Señor está al alcance para ayudarnos en nuestra aflicción (Sal 46.1). Podemos acudir a Él en busca de consuelo, guía y apoyo, o enojarnos y resentirnos por no haber sido librados de nuestro problema.

 

Cuando la aflicción nos roba toda esperanza, solo nos queda depender del Señor. Mientras algunas personas son destruidas por situaciones así, otras se convierten en creyentes firmes que no se desaniman.

 

 

Fuente: Encontacto.org

El control de Dios y nuestras oraciones

¿Alguna vez se ha preguntado por qué oramos si ya Dios está al tanto de todo? ¿Qué logran nuestras oraciones?

 

Primero, la comunión con Dios conecta su Espíritu con el nuestro. Para que la relación sobreviva ambas partes tienen que hablar.

 

Segundo, Dios nos comunica su voluntad por medio de la oración. Si buscamos obedecerlo, entonces oraremos con mentes y corazones abiertos. A su vez, el Señor inspira en nosotros el deseo de pedirle lo que desea traer a nuestra vida.

 

Tercero, la comunión con Dios nos da la oportunidad de participar en su reino en la Tierra. A medida que aprendemos a confiar en Él para obtener respuestas, nos da mayores tareas en la oración. El Señor pondrá una carga en nuestro corazón para orar por la salvación de un amigo, de las personas que sufren un desastre natural o por el estado de nuestra nación. Cuando veamos una respuesta, ya sea grande o pequeña, sabremos que Él nos bendijo al incluirnos en el proceso.

 

Dios nos pide que oremos, porque quiere que nos involucremos en su trabajo. ¡Qué privilegio tan grande tenemos de poder ir ante nuestro Padre, y saber que está interesado en lo que queremos decirle! De hecho, se complace cuando le pedimos por nuestras necesidades o las necesidades de otra persona. Y si oramos de acuerdo con su voluntad, Él siempre responde.

 

Fuente: Encontacto.org

El camino hacia el éxito

El camino de Dios suele ser contrario al del mundo. Nuestra cultura dice: “No dejes que nadie te atropelle”, pero Cristo enseña que los misericordiosos, los mansos y los pacificadores son quienes tienen éxito en el reino de Dios (Mt 5.5-9). El mundo promueve la prosperidad material y la comodidad personal, mientras que la Palabra de Dios dice que tenemos éxito cuando nos parecemos más al Salvador y obedecemos el plan de Dios.

 

Como vimos ayer, el éxito verdadero comienza con nuestros pensamientos. Imagínese su mente como una computadora que regula sus actitudes y acciones, dirigiendo su respuesta en diferentes situaciones. Dado que nuestras decisiones se toman en base a valores y prioridades almacenados en la mente, nuestra responsabilidad como seguidores de Cristo es alimentarla con una dieta constante de la Palabra de Dios. Solo la verdad bíblica puede contrarrestar el flujo continuo de información que a diario bombardea nuestra mente. La Biblia filtra las ideas y actitudes que se presentan en el camino (Fil 4.8).

 

Cuando meditamos en la Palabra de Dios y valoramos sus preceptos, nuestras palabras y acciones seguirán el mismo camino. Dejemos de lado el amor del mundo por el poder y el éxito material; y convirtámonos en las personas que el Padre ha querido que seamos.

 

 

Fuente: Encontacto.org

Nuestros pensamientos y el éxito

¿Alguna vez se ha preguntado qué es el éxito verdadero? La respuesta bíblica es llegar a ser la persona que Dios quiso que fuéramos cuando nos creó, y cumplir con el trabajo que ha dispuesto para nuestra vida. La Biblia nos dice que este tipo de logro comienza con nuestro pensamiento (Pr 23.7). Lo sabemos por la manera cómo funciona la mente, la cual influye en nuestras actitudes y acciones tanto hacia el Señor como hacia los demás. La pureza de nuestra mente determina, en gran medida, la santidad de nuestra vida.

 

Colosenses 1.21 nos dice que antes de ser salvos estábamos apartados de Dios y con una mente hostil hacia sus asuntos. Por tanto, la vieja mentalidad no nos ayudará a convertirnos en las personas que el Creador tuvo en mente. Por eso la Biblia nos exhorta a la renovación espiritual de nuestros pensamientos y actitudes (Ef 4.23), y nos ayuda a entender lo que debe y no debe estar en nuestra mente (Ef 4.31, 32).

 

Para poner nuestra mente en las cosas de Dios, debemos decidir siempre tener el punto de vista del Señor, y rechazar la manera de vivir del mundo (Ro 12.2). Si fijamos nuestra atención en el carácter y la voluntad del Señor, comenzaremos a entender su perspectiva.

 

El éxito en el reino de Dios comienza con una mente renovada y piadosa. ¿En qué enfocará usted sus pensamientos hoy?

 

 

Fuente: Encontacto.org

Responsables ante Dios

¿Le rinde cuentas a alguien? Todos necesitamos hacerlo porque sirve como una barrera de protección, manteniéndonos en el camino correcto. Algunas personas actúan como si no respondieran a nadie; sin embargo, en última instancia todos somos responsables ante Dios, y algún día nos presentaremos ante Él para ser juzgados.

 

La Biblia describe dos juicios separados: uno será para los creyentes (2 Co 5.9, 10); y el otro, para los incrédulos (Ap 20.11-15). La base de ambos son las obras de la persona, pero los resultados son muy diferentes. Dado que Cristo soportó el juicio divino por los pecados de quienes lo siguen, estos nunca tendrán que dar cuenta por sus transgresiones. Por eso, cuando los cristianos estén delante de Cristo, sus obras serán evaluadas para ser recompensadas. Pero los incrédulos serán responsables por los pecados que cometieron, y serán sentenciados al castigo eterno.

 

¿Cómo se siente en cuanto al juicio que nos espera? Puede que sienta miedo si no ha puesto su fe en Cristo como su Salvador. Si es así, esta es una oportunidad para hacerlo. Pero para quienes hemos creído en Él, la convicción del juicio debería inspirarnos a sentir gratitud por el sacrificio del Señor. También debería motivarnos a vivir de una manera que agrade a Dios para que podamos escucharle decir: “¡Bien, buen siervo y fiel!”.

 

 

Fuente: Encontacto.org

Vivos por completo

Juan 10.10 dice que a través de Jesucristo, se nos ofrece una vida abundante y plena. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros diríamos que hemos adoptado dicha vida? Por desgracia, no muchos. Tendemos a definir nuestra vida según cosas terrenales como seres queridos, salud y posesiones materiales. Sin embargo, Cristo tenía más en mente; de manera concreta, los tesoros espirituales. Algunos de estos nos pertenecen ahora mismo, y otros están reservados para el cielo (Mt 6.19, 20).

 

En la lectura de hoy, cuando el apóstol Pablo escribió acerca de estar vivos en Cristo, usó ilustraciones de la circuncisión y el bautismo. ¿A qué tesoros espirituales apuntan estos?

 

TESORO #1—A UNA NATURALEZA NUEVA. Desde el momento en que somos salvos, Cristo vive en nosotros; nuestra vieja naturaleza es reemplazada por otra espiritualmente nueva.

 

TESORO #2—A UNA LIBERTAD NUEVA. Nuestra salvación nos libera del castigo del pecado, porque Cristo pagó nuestra deuda en la cruz: ya no hay más culpa (Ro 8.1). La libertad verdadera es más preciosa que cualquier posesión terrenal.

 

TESORO #3—A UNA NORMA DE CONDUCTA NUEVA. Al ser salvos, somos libres del legalismo, de la expresión de una fe regida por reglas. Por el contrario, ahora vivimos por fe en Cristo y experimentamos una relación íntima y personal con Él por medio de su Espíritu.

 

Fuente: Encontacto.org