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Cuando se tiene un fracaso espiritual

A nadie le gusta fracasar, y una caída espiritual es, en particular, muy angustiante. La palabra fracaso despierta de inmediato dudas en cuanto a nuestro andar con Dios. Sin embargo, por mucho que lo intentemos, no podemos y no queremos pasar por la vida sin fallar de vez en cuando.

 

Lo más preocupante para los creyentes son los casos en que sabemos lo que debemos hacer, pero no lo hacemos. Eso es lo que sucedió con los israelitas, que se negaron a entrar a la tierra que Dios les había dicho que conquistaran y poseyeran. Permitieron que el miedo impidiera su obediencia al Padre celestial. Aunque la verdadera razón de su desobediencia fue la falta de confianza en Dios.

 

Piense en alguna ocasión en la que usted desobedeció al Señor. ¿Miró las circunstancias y llegó a la conclusión de que era demasiado riesgoso hacer lo que le había pedido? O tal vez su manera de pensar parecía una mejor idea. En ambos casos, la tentación comenzó con dudas en cuanto a Dios. ¿Es lo suficientemente poderoso para manejar las circunstancias si le obedezco? No estoy convencido de que sepa qué es lo mejor para mí.

 

Cada vez que confiamos en nosotros y dudamos de la sabiduría, el poder y la bondad de Dios, nos dirigimos hacia el fracaso y sus consecuencias. Aunque siempre nos perdona cuando venimos a Él con un corazón arrepentido, todavía podríamos sufrir las consecuencias de nuestra rebelión voluntaria.

 

El Señor quiere que confiemos en Él para que elijamos seguir sus instrucciones y así evitar la trampa de la autosuficiencia. Recuerde que el Dios que nos llama nos capacita para obedecer cualquier mandato que nos dé.

 

Fuente: Encontacto.org

El hombre que confía en sí mismo

Con toda seguridad, usted habrá escuchado el viejo cliché de que los hombres nunca quieren detenerse a pedir direcciones. Es posible que esto sea más cierto de lo que nos gustaría admitir, pero cuando se trata de pedir ayuda, no son solo los hombres los culpables. Hay muchos hombres y mujeres que no quieren detenerse o disminuir la velocidad para pedir orientación.

 

Si usted mirara esto a través de lentes espirituales, vería un mundo de almas perdidas y desesperadas tratando de salvarse a sí mismas. Piensan que, de alguna manera, pueden ganar su camino al cielo a través de buenas obras y esfuerzo. Dan por sentado que es posible lograr esto por su cuenta. Pero están equivocadas.

 

Al leer Lucas 12.16-21 hoy, cuente el número de veces que el “rico insensato”, como se le conoce, habla en primera persona (tanto con verbos como con adjetivos posesivos). Esta parábola es una imagen del hombre que confía en sí mismo y trata de fabricar su camino y asegurar su futuro sin la ayuda de nadie, incluyendo a Dios.

 

El Padre celestial no se anda con rodeos con este hombre. Al entrar en escena en el versículo 20, Dios lo llama de inmediato ¡necio! No deje de ver la severidad del Señor en esta condena. Al solo confiar en su orgullo, este hombre no dejó nada al final de su vida, excepto una montaña de cosecha.

 

El mensaje para nosotros hoy es que, cuando nos lanzamos por nuestra cuenta e iniciamos acciones sin pensar en Dios, nos comportamos como necios. El Señor tiene un plan para nuestra vida y sabe dónde tendremos éxito y dónde fracasaremos. Así que confiemos en que nos dirigirá.

 

Fuente: Encontacto.org

Nuestro guía digno de confianza

Hace muchos años, mientras hacía un recorrido fotográfico, el Padre celestial me enseñó una valiosa lección en cuanto a seguir a un guía. Mi grupo había estado caminando por un sendero durante tres o cuatro horas cuando sentí una ligera sensación de temor. Tenía la sospecha de que estábamos viajando en la dirección equivocada. Cuando le pregunté a nuestro guía al respecto, me aseguró que estábamos yendo en la dirección correcta.

 

Bueno, eso me calmó durante unos minutos, pero la persistente sensación de estar desviados no desaparecía. Así que saqué mi brújula y descubrí que, en efecto, íbamos en la dirección equivocada. Cuando le señalé esto a nuestro guía por segunda vez, se detuvo. Después de examinar la brújula, el mapa y las demarcaciones del camino, se dio cuenta de que nos habíamos desviado de la ruta. Perdimos unas tres horas, y algunas hermosas oportunidades para tomar fotografías, debido a que nuestro guía no estaba dirigiéndonos bien.

 

Esa experiencia me enseñó lo vital que es poder confiar en la persona que nos guía. Más allá de la ruta del senderismo, esto es válido para los negocios, la iglesia, las familias o cualquier otra relación. Si nuestro guía no es confiable, si no podemos poner nuestra plena confianza en esa persona, terminaremos perdidos.

 

Así que, permítame preguntarle: ¿Quién es su guía? ¿Está siguiendo a las celebridades o a los reporteros de noticias? ¿Está confiando en los políticos o en los líderes empresariales? Si ha puesto su fe absoluta en alguien o algo que no sea su Padre celestial, ya se ha desviado del camino. Él es nuestro único Guía de confianza. Búsquelo, y vuelva al camino hoy mismo.

 

Fuente: Encontacto.org

Nuestro trabajo y el Espíritu Santo

Los enemigos de Israel fueron inteligentes en sus esfuerzos por bloquear la reconstrucción del templo. Primero, se ofrecieron a ayudar. ¿Qué mejor manera de hacer que las cosas salieran mal, que involucrándose en el trabajo? Cuando su ayuda fue rechazada, se propusieron desalentar a los trabajadores. Los adversarios incluso contrataron consejeros para obstaculizar el proyecto.

 

Pero Dios quería que su pueblo dejara de sentirse autosuficiente y realizara su trabajo bajo la dependencia del Espíritu Santo. Les dio ánimo y protegió su proyecto de construcción a pesar de la oposición que enfrentaban. A veces, esto significa que eliminará el problema; otras veces, nos guiará a través del mismo. En cualquier caso, debemos confiar en el Espíritu Santo. Si lo hacemos, podremos:

Amar con paciencia a nuestro cónyuge cuando haya problemas en el hogar.
Guiar con sabiduría a nuestros hijos en nuestra cultura egocéntrica.
Obedecer los principios bíblicos en cuanto a dar, ahorrar y gastar en una sociedad materialista.
Experimentar el contentamiento y la paz de Dios en nuestras circunstancias actuales, ya sea que estemos solteros o casados, empleados o desempleados, sanos o enfermos.
Hacer la obra de Dios a su manera.

 

Ser guiados por el Espíritu Santo definirá nuestra manera de trabajar. Aunque esa mentalidad no le agrada a la carne, es la única manera de vivir como hijos de Dios (Ga 5.16). Busque a creyentes que traten de practicar la dependencia del Espíritu Santo y anímense unos a otros a no rendirse.

 

Fuente: Encontacto.org

Cuando se abusa de la paciencia de Dios

¿Alguna vez ha tratado de ignorar la convicción del Espíritu Santo? Tal vez justificó sus malas acciones con la idea de que si Dios de verdad estuviera molesto, le habría detenido por medio de un castigo. El Salmo 50.21 nos recuerda que el silencio del cielo no significa aprobación. Permanecer en el pecado es abusar de la paciencia del Señor.

 

Cuando Dios pareciera no reaccionar, podríamos pensar que está pasando por alto nuestras transgresiones; nos gustaría continuar en el pecado porque el placer momentáneo es más atractivo que la obediencia. Pero el Señor conoce nuestras debilidades, nuestra carnalidad innata y el estado de nuestro crecimiento espiritual; por tanto, es mesurado en su respuesta. Motivado por el amor y el deseo de restaurar a sus hijos, el Padre celestial se abstiene de castigar al instante. En vez de eso, espera que los impulsos del Espíritu Santo impacten el corazón del creyente. El peso de la convicción de pecado es una invitación a pasar de la conducta pecaminosa al comportamiento piadoso.

 

 

Pero somos gente testaruda. Hay momentos en que persistimos en el pecado porque la sentencia contra una mala acción no se ejecuta enseguida (Ecl 8.11). En esta peligrosa situación es posible sumergirnos en el pecado y endurecer nuestro corazón contra el Señor. Por tanto, el llamado del Espíritu Santo al arrepentimiento cae en oídos espirituales que se vuelven sordos con rapidez.

 

A medida que aprendemos y entendemos más acerca de Dios y sus caminos, somos cada vez más responsables de vivir con rectitud. Nuestro Padre celestial no es lento; es paciente. Pero no abuse de esa paciencia. Arrepiéntase y viva en santidad delante del Señor.

 

Fuente: Encontacto.org

Causas externas del desánimo

Ya sea en el lugar de trabajo o en otra parte, el desánimo puede mermar la energía y la productividad. Para disminuir su efecto paralizante, los creyentes debemos aprender a detectar sus fuentes y síntomas. Examinemos algunas causas externas:

 

Las frustraciones sin resolver. Esto podría ser el resultado de decepciones causadas por nuestras expectativas fallidas o las de otros.

 

La crítica constante. Las descalificaciones de los demás pueden hacernos pensar que hay algo mal en nosotros. Sin embargo, a menos que Dios nos indique que tales comentarios son justos, debemos ignorarlos.

 

El sentir que nadie nos presta atención. Lo cual puede hacernos sentir rechazados.

 

El sentir que nuestro esfuerzo no es apreciado. A veces estamos tan entregados a nuestro trabajo, que el hecho de que alguien no reconozca nuestros esfuerzos puede parecernos un desaire personal.

 

Un ambiente negativo de trabajo. Muchos creyentes disfrutan lo que hacen, pero detectan que sus compañeros de trabajo son crueles, amargados o reacios a reconocer el tiempo invertido, la energía o la creatividad de otros. Esto puede hacer muy difícil el sentirse motivado a la hora de ir a trabajar todos los días.

 

Falta de oportunidades para destacar. Un trabajo que no haga el mejor uso de sus dones y sus destrezas puede agotar a la persona. Lo mismo puede decirse de jefes inflexibles que limiten la libertad de innovación.

 

A menudo, son las personas que vemos todos los días las que parecen tener el mayor poder para desanimarnos. Vuelva a leer la lista. ¿Alguno de los escenarios anteriores le suena familiar? Si es así, pídale a Dios fuerzas para enfrentar con confianza y gracia renovadas estos desalentadores externos.

 

 

Fuente: Encontacto.org

La naturaleza del desánimo

El desánimo es una fuerza poderosa y destructiva. Antes de que podamos entender cómo ser libres de esta tentación tan común, debemos reconocer su dañina naturaleza.

 

Esté consciente de que el desánimo…

 

Es algo que elegimos. Aunque es una reacción natural a circunstancias difíciles, tenemos el poder de elegir una reacción diferente. Nadie más es responsable de nuestro desánimo.

 

Es universal. De vez en cuando, todo el mundo enfrentará períodos de decepción y desaliento porque vivimos en un mundo imperfecto lleno de personas imperfectas.

 

Puede repetirse. A veces, pensamos que hemos resuelto un problema, el cual vuelve a aparecer cuando menos lo esperamos. O podemos tener antiguas heridas emocionales que reviven según lo que alguien diga o haga.

 

Puede ser temporal o de por vida. Negarse a enfrentar el desánimo puede influir en nuestras decisiones, acciones y relaciones a lo largo de nuestra vida.

 

Puede ser vencido. Con la ayuda del Padre celestial, podemos superar los períodos de desaliento. Él quiere que sus hijos tengan una vida rica y plena. Si confiamos en sus promesas y en su carácter, nuestros sentimientos de desaliento serán reemplazados poco a poco por la esperanza.

 

¿Estás atrapado en la agonía del desaliento? Si es así, el Señor Jesucristo quiere levantar su ánimo. Deje que le ayude a salir de ese estado tan negativo: comience por creer en que nuestro Padre celestial desea animarle, y encamine de nuevo su vida con Él.

 

 

 

Para orar de manera eficaz

Hacia el final de la epístola de Santiago hay una declaración que debe aumentar nuestra confianza en Dios: “La oración eficaz del justo puede mucho” (Stg 5.16). ¡Qué consolador es saber que el Señor escucha y responde a las peticiones de los justos!

 

Las oraciones del pueblo de Dios no vagan por el espacio, sino que son canales a través de los cuales Dios lleva a cabo su obra asombrosa en la Tierra. Sin embargo, no puede ser manipulado para que libere su poder; no hay rezos, conjuros, ni palabras perfectas que le hagan actuar.

 

¿Qué quiere decir Santiago con “oración eficaz”? Primera de Juan 5.14 nos da una idea: “Si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, Él nos oye”. Por consiguiente, podemos definir la oración eficaz como aquella que está de acuerdo con la voluntad de Dios.

 

¿Qué se requiere para orar de manera eficaz? Según Santiago, se requiere una vida recta. Si albergamos pecado, orgullo y autosuficiencia es imposible que nuestras oraciones se alineen con la voluntad de Dios. No podemos aferrarnos a nuestra pecaminosidad y esperar orar de manera eficaz, porque el pecado obstruye nuestra relación con Dios. Antes de venir al Señor con nuestras peticiones, debemos confesar nuestros pecados y apartarnos de ellos.

 

La oración es un privilegio mediante el cual Dios nos involucra mientras cumple su voluntad en nuestra vida y en el mundo. Durante las dificultades y los problemas, acudimos a Él con debilidad e impotencia, pidiendo su ayuda, fortaleza y guía. Entonces, es allí cuando responde de acuerdo a su buena y perfecta voluntad.

 

Fuente: Encontacto.org

¿Podría Dios usarle?

¿Quiere ser usado por el Señor? Espero que sí, porque esa es su voluntad para cada creyente. Como vimos la semana pasada, Efesios 2.10 dice que Dios nos creó en Cristo para hacer las buenas obras que planeó para nosotros de antemano. Si vamos a serle útiles, hay tres preguntas que debemos considerar:

 

¿Quién es Dios? En Éxodo 3, el Señor utilizó una zarza ardiente para llamar la atención de Moisés (Ex 3.2), y luego se le presentó como el Dios de sus antepasados (Ex 3.6). El futuro liberador de los esclavos hebreos necesitaba conocer la identidad de Aquel que lo llamaba al servicio. De la misma manera, debemos estar seguros de que estamos sirviendo al único Dios verdadero. De lo contrario, todos nuestros esfuerzos y sacrificios serán en vano.

 

¿Quién soy? Una vez que Moisés supo quién era Dios, se sintió abrumado por su propia insuficiencia, y le preguntó: “¿Quién soy?” (Ex 3.11). El Señor usa personas humildes que lo reverencien. Aunque Moisés sabía que era incompetente para la tarea, Dios le dio confianza, diciendo: “Ciertamente estaré contigo” (Ex 3.12).

 

¿Por qué estoy aquí? Dios le dijo a Moisés que su obediencia a la tarea culminaría en adoración (Ex 3.12). Romanos 12.1 dice que adoramos a Dios cuando nos ofrecemos como sacrificio vivo. En otras palabras, nos entregamos por completo al Señor para que pueda usarnos para su gloria. Existimos para glorificarle por medio de la manera como vivimos, hablamos y amamos.

 

Servir al Señor no es algo que ideamos y planificamos. No tiene nada que ver con nuestra voluntad, solo requiere que lo conozcamos y nos sometamos al Padre celestial, mientras confiamos con humildad en su poder para hacer su voluntad y para su gloria.

 

Fuente: Encontacto.org

Salvos para la gloria de Dios

La salvación es un regalo maravilloso de nuestro Padre celestial, y puesto que somos los beneficiarios, parecería como si fuéramos la razón principal por la cual Dios envió a su Hijo para salvarnos. Después de todo, nos amó tanto que no quería que pereciéramos. Si bien esto es cierto, lo más importante es que nos salvó para “alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1.6).

 

Cuando los pecadores son salvos, la gloria y la gracia de Dios se evidencian. La salvación que Él ofrece…

 

Destaca su generosidad (Ef 1.3). Dios no solo dio a su Hijo como sacrificio por nuestros pecados, también nos ha bendecido con bendición espiritual en el cielo.

 

Revela la misericordia del Padre (Ef 1.4). Él tomó la iniciativa en la salvación al elegirnos “antes de la fundación del mundo”. Su misericordia se extiende desde la eternidad pasada hasta la futura.

 

Enfatiza su santidad (Ef 1.4). Debido a que Dios es santo, su propósito es hacernos santos e irreprensibles para que podamos morar con Él para siempre. Este proceso de transformación comienza en nuestra conversión y se completará en nuestra resurrección.

 

Muestra el amor divino(Ef 1.4, 5). Rescatarnos de la condenación habría sido suficiente, pero por amor, nuestro Padre celestial eligió adoptarnos y hacernos parte de su familia.

 

Manifiesta la bondad de Dios (Ef 1.5). Nos salvó “según el buen propósito de su voluntad”, no por nuestra valía o buena conducta.

 

Nuestra mayor necesidad es conocer y amar al Dios que nos salvó, y a través de la salvación, llegamos a experimentar su gracia gloriosa.