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¿Por qué dudamos?

Santiago 1.1-8 ¿Cómo caracterizaría usted su fe hoy? ¿Arriba un día, abajo el siguiente? El breve libro de Santiago contiene consejos prácticos para quienes fluctúan en su fe debido a circunstancias difíciles. Cuando empezamos a dudar de Dios y de su Palabra, somos empujados y lanzados como las olas del mar.

 

Santiago dice que un hombre de doble ánimo es inestable en todos sus caminos, y no debe esperar recibir nada del Señor. Ser de doble ánimo es ir de un pensamiento a otro. Podemos comenzar sintiendo confianza plena en Dios, pero a medida que pasa el tiempo y la difícil situación continúa, podemos comenzar a dudar de que el Señor hará lo que ha prometido.

 

Dudar y cuestionar no es lo mismo. Cuestionar es tratar de obtener más información para comprender mejor lo que Dios ha dicho. Dudar, por otro lado, implica creer lo que pensamos, vemos o sentimos en vez de lo que sabemos que Dios ha dicho.

 

Es natural que cuestionemos cuando somos abrumados por un giro de los acontecimientos. Dios entiende nuestra lucha y quiere que vayamos a Él con nuestro dolor y confusión. A veces, tiene que desenredar nuestra mente recordándonos su verdad o su fidelidad para con nosotros en el pasado.

 

Aunque es posible que no entendamos todo lo que Dios hace por medio de nuestras pruebas, podemos confiar en lo que ha revelado: la prueba de nuestra fe produce perseverancia y madurez espiritual, y provee lo que necesitamos. Al recordar esto, podemos confiar en que el Señor logrará su buena y perfecta voluntad a través de la situación, y regocijarnos en cómo nos transformará.

 

Fuente: Encontacto.org

El primer paso: La salvación

Justo después de que un bebé da sus primeros pasos, los padres anuncian con entusiasmo el magnífico logro, que es el comienzo de una nueva vida de mayor movilidad y madurez. De la misma manera, la vida cristiana comienza con un primer paso: la salvación. Pero es solo el comienzo de una vida de crecimiento espiritual.

 

Cuando el carcelero de Filipos les preguntó a Pablo y a Silas: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, respondieron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hch 16.30, 31). Eso es tan simple que hasta un niño puede hacerlo; y después de la salvación, todos somos como bebés que dan los primeros pasos. Un nuevo creyente no entiende todas las doctrinas de la salvación, como tampoco un niño pequeño conoce todos los mecanismos del caminar. Pero una vez que somos salvos, tenemos la responsabilidad de aprender lo que Dios ha hecho por nosotros, y de dar más pasos de obediencia en la vida cristiana.

 

La salvación genuina siempre resulta en transformación. El Espíritu Santo viene a vivir en nosotros cuando recibimos al Señor Jesús como nuestro Salvador personal. Nuestra antigua forma de vida ya no concuerda con nuestra nueva identidad, y el Espíritu trabaja en nosotros para hacernos más como Cristo. Segunda a los Corintios 5.17 dice: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

 

¿Ha habido un punto particular en su vida en el que usted reconoció su pecado, y luego le pidió al Señor Jesús que le perdonara y se convirtiera en su Salvador? Si es así, ¿cómo ha sido transformada su vida desde entonces? El crecimiento espiritual es una de las maneras en que podemos saber que somos salvos. Hechos 16.19-40

 

Fuente: Encontacto.org

La justicia del juicio divino

Todos nos presentaremos delante de Dios el día del juicio. Cada vez que surge el tema, me preguntan algo como: “¿Qué pasará con las personas en zonas remotas, que nunca escucharon hablar de Jesucristo?”. Quien hace esta pregunta, en realidad, lo que está queriendo decir es ¿Cómo podría un Dios bueno enviar a una persona al infierno si no ha tenido oportunidad de conocerlo? En otras palabras, ¿cómo puede ser justo condenar a quienes nunca han escuchado el evangelio?

 

Para entender cómo juzga Dios, debemos reconocer dos verdades acerca de Él. Primero, Dios no está limitado. Aunque grupos de personas aún no tienen la Biblia en su idioma, Dios siempre llega a quienes tienen corazones abiertos para conocerlo. Hombres como Abraham y Moisés no tenían las Sagradas Escrituras; sin embargo, el Señor les habló.

 

Segundo, Dios se revela a todas las personas, tengan o no acceso a la Biblia. Como vimos ayer, Él no solo demuestra su poder y sus atributos a través de la creación; también programa nuestra conciencia para comprender las diferencias básicas entre el bien y el mal. Para quienes tienen la bendición de escuchar el evangelio en algún momento, Jesucristo es la revelación más grande de Dios.

 

Cuando las personas se presenten ante el Padre, Él las juzgará según tres criterios: la cantidad de verdad a la que cada una estuvo expuesta; cuántas oportunidades tuvo de aceptar la verdad y de compartirla con los demás; y lo que hizo con esas oportunidades. La responsabilidad del creyente, entonces, es alcanzar al mayor número de personas con el evangelio, para que nadie tenga que preguntar “¿Qué pasa con los que nunca escucharon hablar de Jesucristo?”.

 

Apocalipsis 20.11-15

 

Por: Encontacto.org

Andar en los caminos de Dios

La mayoría de nosotros nos damos cuenta de que no hay garantía de que la vida será fácil y agradable. Pero cuando llegan la decepción o las dificultades, a menudo estamos más preocupados por encontrar una salida que por entender cómo se está moviendo Dios en nuestra situación. Un peligro de esta actitud es que podríamos dejar de darnos cuenta si nos hemos desviado del camino.

 

El Señor quiere que conozcamos sus caminos para que podamos andar en ellos. Pero, al igual que Israel, no lo escuchamos y, en cambio, trazamos nuestro propio camino a lo largo de la vida. Como resultado, experimentamos sufrimientos innecesarios —un alto precio por la desobediencia. Debemos recordar que, aunque andar en los caminos de Dios puede llevarnos a través de valles dolorosos, siempre contamos con su gracia para fortalecer nuestra fe y brindarnos consuelo y aliento. Pero renunciamos a esas misericordias si nos rebelamos y seguimos nuestro propio camino.

 

Entonces, deténgase a pensar si su vida está alineada con los caminos del Señor o con los suyos. Él siempre nos guía en santidad, sabiduría, fe y obediencia. Pero nuestros caminos son el resultado de la comodidad, el interés propio, la autopromoción y el razonamiento humano. El camino del Señor siempre es el mejor, y el nuestro suele ser costoso.

 

No importa dónde se encuentre usted hoy, Dios le está diciendo: “Abre tu boca, y yo la llenaré” (Sal 81.10). La imagen es la de un pajarito con el pico abierto para recibir la comida que le trae su padre. El Señor quiere alimentarle con su Palabra para que pueda aprender sus caminos. ¿Está usted listo para aprenderlos? Más importante aún, ¿está dispuesto a obedecerlos? Salmo 81.10-16

 

Fuente: Encontacto.org

El proceso de la disciplina divina

Hebreos 12.1-13.- ¿Por qué nuestro Padre celestial permite el dolor y las dificultades? Siendo un Dios bueno, ¿no debería salvarnos del sufrimiento? Pues no siempre. Todos los padres saben que evitar a sus hijos el dolor de la disciplina no es lo mejor para ellos. Y lo mismo sucede en nuestra relación con el Padre celestial.

 

Dios nos disciplina “para que participemos de su santidad” (He 12.10). Aunque los creyentes somos santos por medio de Cristo, y hemos sido liberados del dominio del pecado mediante el poder del Espíritu Santo, todavía luchamos con el pecado y las tentaciones del diablo. Por lo tanto, el Padre nos capacita para identificar el pecado en nuestra vida, resistir las tentaciones y buscar la santidad. Sin su amorosa intervención, nuestro crecimiento espiritual se vería frenado.

 

A veces, la disciplina de Dios puede ser dolorosa, así como un azote lo es para un niño. Pero lo más importante es saber reaccionar. Cuando la mano correctora de nuestro Padre toca un aspecto determinado de nuestra vida, necesitamos ocuparnos de la situación y hacer los cambios necesarios para madurar en la fe. Reaccionar de forma desafiante solo empeorará las cosas.

 

El escritor de Hebreos nos advierte que no tomemos la disciplina de Dios a la ligera, negándonos a arrepentirnos del pecado o haciendo caso omiso de lo que está tratando de enseñarnos. Pero también se nos dice que no nos desanimemos por ello. El hecho de que estemos siendo disciplinados debe animarnos, porque prueba que somos hijos amados de Dios. Sin su corrección, toleraríamos el pecado en nuestra vida, y nunca experimentaríamos la libertad de andar en obediencia.

 

Fuente: Encontacto.org

Hay situaciones que no dependen de nosotros sino tan solo de Él

Mientras el mundo exista, habrá siembra y cosecha; hará calor y frío, habrá invierno y verano y días con sus noches. Génesis 8: 22

 

La Palabra de Dios nos dice que mientras el mundo exista habrá siembra y cosecha, calor y frío; es decir que lo que estamos pasando es momentáneo porque son estaciones que han de cambiar. Por tanto, no podemos desesperarnos sino esperar con paciencia la promesa de nuestro Padre Celestial.

 

A veces nuestra alma se desespera y esto no permite que se cumpla el tiempo establecido para que Dios obre. Nos impacientamos de tal manera que nos olvidamos de todo, tan solo por querer hacer las cosas en nuestro tiempo y no en el de Dios. Cuando Dios le dio la orden a Noé para que construyese el arca pasaron 100 años para que él viera el propósito cumplido ¿Podía Noé hacer que lloviera antes? No, porque eso no dependía de él sino de Dios.

 

Así, hay situaciones que no dependen de nosotros sino sólo de Él, y querer hacer correr el tiempo de nada nos vale. Al contrario, nos ponemos en contra de Su voluntad. Esto sí es peligroso, cuando empezamos a contender con Dios.

 

Si el tiempo pasa y no hay señales o indicios de cambios, pregúntale: ¿Qué estás enseñándome que no logro entender? Porque cuando esto suceda entenderemos que ese tiempo es necesario para nosotros madurar y prepararnos para lo próximo que va a darnos.

 

Fuente / Iglesia Monte de Dios

A nadie le gusta confesar sus debilidades

Si de algo hay que gloriarse, me gloriaré de las cosas que demuestran mi debilidad. 2 Corintios 11: 30

 

A nadie le gusta confesar sus debilidades y mucho menos que se las hagan saber. Siempre estamos ocultando aquello que nos avergüenza porque vivimos para guardar las apariencias. Esto demuestra que no nos interesa cambiar, porque el reconocimiento es lo que nos da el valor para hacerle frente y encarar con valentía lo que no podemos dominar.

 

Pablo fue un hombre que demostró una valentía inigualable cuando perseguía a los cristianos para matarlos. Al momento de rendirse a Cristo pudo reconocer que estaba lleno de debilidades y que no le importaba admitirlo. Esto nos enseña que todo el tiempo estaba escondiendo lo que realmente era por temor a ser desplazado o desechado, pero llegó el momento en que fue libre y pudo expresar todo lo que sentía y padecía.

 

Este proceder de Pablo es digno de imitar, ya que él estaba decidido a cumplir su propósito y, si no reconocía sus limitaciones, no podría hacerlo, porque ellas iban a destruirlo. Cuántos llamados han sido abortados por hombres y mujeres de Dios llenos de dones, pues nunca se dispusieron a enfrentar su condición, y en el momento de crisis no pudieron resistir porque no habían levantado las columnas que los sostuvieran.

 

Enfrentemos con valor aquello que no hemos podido confesar, y pidámosle que todo eso se convierta en una fortaleza invencible e inconmovible donde Él se glorificará.

 

 

Las debilidades son las que nos hacen fracasar

Pero Moisés le contestó: -Señor, yo soy muy torpe para hablar, así que, ¿cómo va a hacerme caso el faraón? Entonces el Señor le dijo a Moisés: -Mira, voy a permitir que actúes en mi lugar ante el faraón, y que tu hermano Aarón hable por ti. Éxodo 6:30-7:1

 

Los momentos difíciles son aquellos que nos permiten crecer y madurar, y a la vez conocer cuáles son nuestras debilidades. La mayoría de estas ni nosotros mismos la conocemos, porque nacimos con ellas o las adquirimos en el transcurso de la vida y, sin darnos cuenta, son parte nuestra.

 

Las debilidades son las que nos hacen fracasar y no nos dejan asumir la responsabilidad ante las fallas o errores que cometemos. El hombre de Dios debe preocuparse de conocerse mejor y saber cuáles son esas debilidades. El que no se conoce a sí mismo no sabe para lo que da o no da, lo que quiere o no quiere. Por eso se hace prisionero de las debilidades, porque en las crisis no sabe manejarse y lo que pudo alcanzar lo pierde, ya que nunca trabajó las áreas que debía fortalecer.

 

Dios le dijo a Moisés que fuera donde Faraón y se le presentase. La batalla que tuvo Moisés fue muy fuerte. Él sabía que era Dios quien se lo pedía y ese momento lo enfrentó a su debilidad, reconociendo su limitación. Dicha limitación hizo que Moisés no le hablara a Faraón, sino Aarón. Dios sabía sobre la condición de Moisés y no se la quitó, porque Él quiere que superemos cada una y no nos excusemos al momento de hacer Su obra.

Fuente / Iglesia Monte de Dios
 

El dinero, cuando no proviene de Dios, nos destruye

Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores. 1 Timoteo 6: 10

 

Muchos dioses hay dentro de nosotros que compiten con Dios, y uno de ellos es el amor al dinero, el cual es la raíz de todos los males. El dinero nos hace perder nuestros principios, nos llena de codicia y avaricia. Engañamos a los demás para sacar beneficios; otros se convierten en asesinos a sueldo, roban, mienten. El dinero no es malo; lo malo es el amor a éste y cómo nuestro corazón lo ve. Este se insensibiliza y aquel llena nuestros ojos, desviándonos de la fe.

 

Tenemos que estar alertas ante cualquier tentación que pueda venir a sacarnos de los caminos del Señor y se vista de engaño, haciéndonos tropezar y perderlo todo. El dinero, cuando es Dios que nos lo da, trae bendición a nuestras vidas y no añade tristeza, dándonos gozo el poder bendecir Su Reino.

 

El dinero, cuando no proviene de Dios, nos destruye, porque creemos que no necesitamos de Él, que todo está a nuestros pies y que todo lo que queremos podemos obtenerlo. Todo eso es mentira, porque ese dinero no nos da paz, no da la salvación ni puede comprarse la vida eterna, la cual es un tesoro más grande que lo que algún millonario ha podido comprar, a menos que se rinda y entregue su corazón a Cristo.

 

Fuente / Iglesia Monte de Dios

Dejar el sello de Cristo en todo lo que hacemos