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Somos guerreros de verdad o de mentira

Nuestro corazón debe ser como el de un niño, quien todo lo disfruta y lo goza

Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios. Lucas 18: 16

 

Si recordamos nuestra niñez, vemos cuánta ilusión nos daba cuando nuestros padres nos prometían llevarnos al parque o comer un helado. Eran momentos inolvidables, y queríamos que el tiempo volara para que llegara ese día y no se demorara más. A partir de ese momento lo que hablábamos y pensábamos giraba en torno a eso. Lo más gracioso era contárselo a nuestros amiguitos. Nos gustaba hacerlo porque así íbamos emocionándonos más y, sin haber ido, ya nos sentíamos en ese lugar. Estaba tan presente en nuestros pensamientos que era casi real.

 

Qué inocencia tan hermosa, la cual nos permitió vivir esos momentos como algo tan grande e inolvidable. Quedamos tan marcados que aquellos nunca serán borrados porque nos llenaron de felicidad y, a pesar de los años que han pasado, nos gusta recordarlos para volver a vivirlos.

 

Qué grande sería que, de la misma manera que acogíamos la invitación de nuestros padres, pudiéramos hacerlo con cada una de las promesas que nuestro Padre nos ha dado. La Palabra nos enseña que solamente los niños heredarán el reino de los Cielos. Cuando nos habla de esto no se refiere a la edad física, sino a la condición de nuestro corazón, el cual debe ser como el de un niño, quien todo lo disfruta y lo goza, sin despreciar cosa alguna por mínima que sea.

 

La decisión es nuestra; nosotros somos los llamados a romper con este patrón

Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca. Colosenses 3: 8

 

Qué difícil se nos hace mantener la ecuanimidad en momentos de tensión. Es como si de momento una pólvora estallase dentro nosotros y nos hiciera perder el control, sin importar las consecuencias posteriores producto de la actitud asumida sobre los hechos.

 

De pronto se nos olvida que somos cristianos y que debemos mantener una postura diferente a los demás, ya que somos nuevas criaturas. Es triste ver cómo personas con años en la fe no han podido dejar su vieja naturaleza y siguen actuando de la misma manera que cuando llegaron a Cristo. Lo más penoso es que no aceptamos que nos corrijan y que nos digan “No lo hiciste bien”, “No es la forma”, “No puedes seguir actuando así”. De inmediato pensamos que esa persona está en contra de nosotros.

 

Hay cosas que debemos aceptar para que puedan cambiar. No hacerlo denota inmadurez y falta de carácter. La decisión es nuestra; somos los llamados a romper con este patrón, el cual nos hace daño y también a los demás.

 

Cuando reconozcamos que no tenemos que ser esclavos de nuestra carne y que perdemos en vez de ganar, tomaremos la decisión para tener una vida verdadera en el Espíritu. Porque todo lo nacido de la carne, carne es; y todo lo nacido del Espíritu, Espíritu es.

 

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